viernes, septiembre 29, 2006

Un llamado telefónico

El señor Juárez cumplía con su ritual de todos los domingos: sentarse en el balcón de su departamento, esperar el desayuno, y tomar el diario La Nación para comenzar con la lectura.
Justiniana se acercó y apoyó con sumo cuidado la bandeja en la mesa ratona. Esperó a que el señor Juárez tomase el primer sorbo de té para poder retirarse y seguir con las tareas domésticas.

- Perfecto, Justiniana, se puede retirar.
- Permiso señor.

Camino a la cocina, Justiniana escuchó el timbrar del teléfono.

- ¿Sí? ¿De parte de quién? Un momentito por favor.

Sus pasos la llevaron al balcón y le anunció al señor Juárez:

- El señor Jehová pregunta por usté, señor. ¿Lo atiende o le digo que llame más tarde?
- ¿El señor Jehová? No conozco ningún… hágame el favor, Justiniana, pregúntele si llama de parte de alguien y qué necesita. Si le pide un turno, dígale que llame mañana a primera hora que mi secretaria tomará nota.

Justiniana, se secó las manos en el delantal, no porque las haya tenido mojadas, era un acto reflejo que tenía cuando se ponía nerviosa. Se dirigió al living, tomó el auricular y dijo:

- ¿Señor Jehová? Disculpemé, ¿usted llama para pedir un turno? Ajá…, esperemé un segundito que ya lo atiende entonces…

Volvió Justiniana al balcón.

- Señor, dice el señor Jehová que no llama de parte de nadie, que necesita tener una palabras con usted y que…

- Está bién, Justiniana, yo lo atiendo.
- Muy bién señor, permiso.

El señor Juárez dejó el diario y los lentes en la mesita y se dirigió despacio hacia el living.

- ¿Diga? Mucho gusto. Ah, disculpe… hubo una confusión de parte de mi empleada. No, gracias, no necesito la palabra de… Mire, señor, le agradezco sus palabras pero no necesito la palabra de Jehová ni la de nadie. En este momento no lo puedo atender.

Clic.

Balbuceó palabras de malhumor y dio la media vuelta para volver a su ritual.
El teléfono volvió a sonar.

- ¿Diga? Eh… no señor, no insista. Soy Católico Apostólico Romano. No practicante. Mis padres –que Dios los tenga en la gloria- eran devotos, yo no. Mire, no quiero ser descortés, pero no me interesa las palabras de Jehová. Adiós.

Clic.

Se quedó parado mirando el teléfono. Descolgó y dejó el auricular a un costado. Miró su reloj pulsera, apoyó sus brazos en las caderas y esperó tres minutos. Pasado el tiempo, puso el auricular en su lugar. Pero el teléfono volvió a sonar.

- ¿Quién habla? Ajá… mire señor, le propongo algo. Usted me dice lo que tiene para decirme, luego cortamos y yo vuelvo a mi lectura de todas las mañanas. Ya le expliqué que no me interesa lo que opinan ustedes de Dios, del mundo y de la vida. No, señor, el maleducado es usted que me llama por tercera vez. Le digo que no… mire, podemos estar toda la mañana discutiendo y comparando la Biblia de cada uno. Hace media hora que me disponía a leer el diario tranquilo hasta que usted interrumpió con sus llamados… lo mismo digo. No me haga perder tiempo, le pido por favor. ¿Ah, si? Bueno, como le parezca, yo no lo pienso atender más.

Ya no se escuchó un click, sino un tirón seco. Arrancó la línea del teléfono, con el aparato bajo el brazo se acercó al balcón y lo arrojó desde su tercer piso. Se escuchó un golpe lejano, con eco.

El señor Juárez se sentó aliviado, chocó las palmas de su mano para limpiarse el polvo que le había quedado, tomó la taza de té, le dio un sorbo y llamó a Justiniana con la campanita de bronce que estaba apoyada en la mesa.

- Justiniana, mi té se enfrió. Le pido por favor que me vuelva a servir.

El timbre del portero coincidió con una sirena que, a lo lejos, se aproximaba a la cuadra del edificio. Justiniana se acercó a atender. Era Pedro, el encargado, con la escoba en la mano, muy asustado, le pedía por el señor Juárez. En la puerta del edificio había una persona que yacía en el piso con la cabeza ensangrentada. Una vecina lo reconoció como Testigo de Jehová.

Un monstruo debajo de la cama

Si había algo que a Anita la paralizaba, eran los monstruos. Estaba convencida de que vivían bajo su cama y de que la iban a atrapar apenas cayera la noche. Ya le había pedido a su padre que le armara un trampolín en la puerta de la habitación para poder zambullirse directamente sobre el colchón sin tener que tocar el piso. Se estremecía con solo pensar que la podían agarrar de los pies y arrastrarla hacia la oscuridad.
Algunas noches su madre entraba al cuarto corriendo porque Anita se despertaba llorando a los gritos. Después, se escuchaban los reproches del padre que no soportaba que lo despierten a la madrugada, quería dormir de corrido porque se levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar. Entonces, Anita prefirió quedarse dormida debajo de la mesa de la cocina junto a su gato Pepo. Así se sentía protegida, pero muy en su interior deseaba que su padre entendiera que el miedo a los monstruos era de verdad.

-Carlos, llevate a la nena arriba que ya se quedó dormida.
-Ahí voy.
-¡Dale, metele que hace frío! Pobrecita, quedó acurrucada debajo de la mesa de la cocina con Pepo.
-¿No la podés llevar vos?
-Estoy terminando de lavar los platos, ¿no me ves?
-Pará che, ya termina el segundo tiempo.
-Dejá, dejá, voy yo. Al final no se te puede pedir nunca un favor a vos.

Carlos estaba desparramado en el sillón mirando el partido mientras Mecha cargaba con su hija y se la llevaba al cuarto que quedaba en el primer piso de la casa. Antes de acostarla, le contaba algún cuento para tranquilizarla:

…pero un día me caí de la cama y sin querer descubrí que debajo del colchón había una escalera que desembocaba en un bosque fantástico, con duendes traviesos que....

Anita se dormía instantáneamente, pero no había cuento que apagara su miedo. Su madre la tapó, le dio el beso de las buenas noches y cerró la puerta despacito para no despertarla. Pero en seguida Anita se despertó. El olor a monstruo la despabilaba. -¡Mamá!

Las madres siempre escuchan a sus hijos estén donde estén. En este caso Mecha estaba en el baño. Sentada en el inodoro, abrió la puerta y gritó:

-¡Carlos! ¡La nena!

Cansado de escuchar el llanto de su hija y los gritos de su mujer, se levantó del sillón, agarró el diario enrollado de la mesa ratona del living, se puso las pantuflas y subió al cuarto de Anita, mientras entre dientes se filtraban las siguientes palabras: no te van a quedar ganas de llorar a esta hora de la noche, vas a ver.

Anita escuchó detrás de la puerta los pasos firmes de su padre, primero subiendo las escaleras, luego pasando por el corredor, hasta que vio cómo el picaporte giraba para entrar a la habitación.
La puerta se abrió, y ahí estaba el monstruo, su padre, que miraba hacia un lado, hacia el otro, gritando “Anita, dónde te metiste”, “dejate de joder y dormite”.
Como Carlos vio un cuarto vacío y lleno de silencio, lo primero que pensó fue que su hija estaba escondida debajo de la cama, junto a los monstruos, pensó con ironía.
Excedido de peso, le costó arrodillarse y agacharse para ver debajo de la cama. Una vez que logró levantar la colcha, asomó la cabeza y desapareció.

La enviada del diablo

El final está por comenzar.

Inmensos nubarrones invaden la ciudad envueltos en mortajas negras, furiosos como demonios expulsados de los abismos más profundos. Están acompañados por destellos nacidos del fuego eterno, que irrumpen y marcan figuras eléctricas y se esfuman en el mismo instante en que se escuchan gritos provenientes de un cielo desgarrado, enardecido.
Los vientos huracanados anuncian la llegada de la enviada, formando un espiral en el centro de la ciudad.
Los mortales, dedicados a sus tareas diarias, no pueden entender lo que está sucediendo con la naturaleza. Fijan sus miradas incrédulas en dirección a un cielo cubierto por un manto enceguecido, que comienza a desplomarse escupiendo granizo en forma de flechas cristalinas.
Espantados, buscan dónde refugiarse, pero la enviada -que se ríe a carcajadas- levanta con fuerza su maleficio y los envuelve en una hipnosis donde sus instintos no tienen escapatoria.
Las flechas caen y se estrellan contra vidrios de autos, de casas, se clavan en la tierra dejando paso al agua que toma poder y se desparrama por toda la ciudad. Vientos impetuosos arrancan de cuajo todo lo que encuentran a su paso: árboles, autos, postes de luz, techos de casas.
La enviada va en busca de los mortales, los sorprende en sus refugios, los golpea con el granizo, caen, se resbalan, se desparraman y quedan aplastados en el asfalto. Otros se hunden en la tierra que, agradecida, se los traga con devoción.
Es el instante previo a la nada: barro y agua se mezclan hasta lapidar la ciudad. Los mortales liberan sus almas de los esqueletos, éstas suben al cielo, bajan al infierno, quién sabe, ya nada volverá a ser igual.
La enviada avanza por la ciudad como la muerte misma, disfruta del desastre, se siente dueña indisoluble de la situación e invita a su mentor a salir de la profundidad de las tinieblas para recuperar lo que siempre les perteneció: la oscuridad.





Marita Vallejos
28/08

domingo, julio 09, 2006

A mi Tata


Hagamos de cuenta que me decís: Piruchita, preparate un rico cafecito con azúcar para despedirnos de la noche.

Hagamos de cuenta que te veo entrar por esa puerta con tu piloto, tu gorro de abrigo beige, tus zapatos bien lustrados, tu peinado bien prolijo por culpa de la gomina y me decís: ¿Mariuchi, querés que te haga unos mates? Yo le pongo un poquito de café para que le de más sabor, ¿sabés?

Hagamos de cuenta que encontrás en mi, tu nieta, ese compinche sin nombre para contar una vez más las mismas anécdotas que llenaron tu vida: tu colimba, clase ’23, tu crianza en algún conventillo de San Telmo, tus noches con orquestas típicas de la época, donde conociste a la mujer que no pudiste dejar de acompañar hasta su muerte.

Hagamos de cuenta que seguís viviendo para ver mi vida de adulta, para conocer a mi hijita de cuatro años, para contarte que soy feliz al lado de un hombre que me llena de paz.

Hagamos de cuenta que cierro los ojos y te encuentro y nos fundimos en un abrazo eterno.
Dale, Tata, contame otra anécdota, tomémonos un cafecito que la noche se va y no quiero volver a perderte.

sábado, mayo 13, 2006

Aquí hay gato encerrado


Tic-tac, tic-tac palpita el reloj de pared que anuncia la hora de comer, me estiro largo y sinfín, ronroneo, arqueo mi esqueleto, levanto la cola, la refriego en el respaldo del sofá, despego mis uñas que se quedaron atrapadas en el cuero blanco, inmaculado, puro, brillante de infinitos rayos de sol que se apiñan y traspasan la ventana que no me deja salir de aquí para disfrutar del jardín y jugar, saltar, danzar, girar con mi ovillo de juguete naranja como el pez que me mira atento atrapado en la pecera como una vidriera que lo tiene de protagonista, actor, estrella, figura fofa, esponjosa, que me quiero comer, y de un salto reboto en la mesa de roble para acercarme a mi presa acuática, escurridiza entre cintitas doradas me espía, ahora con miedo, cuidado, desconfianza, falsa indiferencia que me invita a almorzarlo.

miércoles, noviembre 30, 2005

Morir en un burdel



Yo fui testigo de lo que pasó aquella noche de abril en el burdel más antiguo del pueblo.
El comisario Peralta había llegado en su Falcon azul oscuro a la puerta del lugar. Sus cejas se arquearon como dos triángulos sin base, los ojos chiquitos y negros brillaron como el metal recién pulido; se le ensancharon los orificios de la nariz y se le dibujó la mitad de una sonrisa maliciosa.
La dueña del lugar se adelantó a recibirlo antes que golpeara la puerta. Sabía muy bién quién era y no tenía la mínima intención de fastidiarlo con pequeñeces. No fuera a ser que...
Las chicas, que estaban esperando el turno para atender a los clientes, se apiñaron en una salita a tomar mate. Excesivamente maquilladas y perfumadas se alborotaron al notar su presencia.
Cada vez que el comisario llegaba, se originaba una competencia feróz entre ellas porque todas sabían lo redituable que era complacerlo.
El tipo siempre elegía según el estado de ánimo con que llegaba, pero su debilidad eran las vírgenes y las nuevas del lugar.
Carmen pertenecía al segundo grupo. Me contaron que una semana atrás había llegado de Bragado con lo que tenía puesto. Le rogó a la madama que la tomase porque no tenía qué comer y mucho menos dónde dormir. La que regenteaba el prostíbulo se tomó un buen tiempo para mirarla de arriba hacia abajo antes de tomar una decisión, sus ojos profetizaron que la iba a aceptar no por sus necesidades sino por su belleza.
Enérgica, fue lo primero que le ofreció al comisario ni bién pisó el lugar, le dijo que Carmen estaba a su servicio el tiempo que fuera necesario.
Casualmente esa noche Jorge Peralta estaba de buen humor, aceptó de buen gusto y enfiló hacia la habitación indicada dejando a sus escoltas sentados en el hall.

Un nudo en el estómago se le formó a Carmen cuando se enteró de que el comisario estaba por entrar. Los segundos caían al compás de sus movimientos para dejar todo preparado.
Cuando entró la encontró recostada en la cama, espléndida, como si hubiese estado todo el día esperando su llegada. En ningún momento notó que el corazón de ella estaba por estallar en la garganta.

-Hola, gatita. – la saludó.
-Sos más guapo de lo que hablan. – le contestó.

Y siguió halagándolo. Esa fue la clave. Hacerlo sentir bién, poderoso, majestuoso, invensible. De alguna manera tuvo que impregnarlo de ella para que la volviera a elegir. Pero, vayamos a lo que sucedió.

Afortunadamente para Carmen la balanza del tiempo se puso a su favor. Sin prisa, pero sin pausa, fue ganando la confianza del comisario que esporádicamente la visitaba.
Al principio era sólo para saciar sus deseos, con el tiempo la miraba como si fuera su propio espejo y se empalagaba con discursos de comisario duro y efectivo.
Con un silencio ceremonial, Carmen lo dejaba hablar aunque no entendía nada de lo que decía. Trataba de hilar sus frases que caían a borbotones empapadas de alcohol. Hasta que se quedaba dormido en sus pechos desnudos, abrazado como un bebe embriagado de la teta de su mamá.
Luego de un tiempo comenzó a participar de esos discursos, hasta lo aconsejaba, incluso se sentía con autoridad para preguntarle lo que no llegaba a comprender.
Un día se animó y le dijo:

- Yoryi: cuál fue tu operativo más sucio?
- Tás loca, Carmencita? Eso no se cuenta nunca, y menos a una puta.
- Dale, no seas así...si sabés que me encanta que me cuentes sobre tu trabajo!
- Hay cosas que prefiero enterrar, sabés? No te confundas. Yo acá estoy con vos para sacarme la calentura y no para andar contando las cosas que hago.

Se levantó fastidioso, se puso el calzoncillo y los pantalones. Se calzó las botas, se abrochó la camisa, escupió la mano para alisar los mechones revueltos de la cabeza y, sin mirarla, desparramó los billetes sobre la cama.
Se fue deprisa y dejó la puerta temblando, Carmen se cubrió la cara con las manos y con rabia rompió en llanto maldiciendo su pregunta.

Carmen pasó varias semanas sin tener noticias de él. La madama le preguntó qué le había hecho para que no vuelva a pisar el burdel. Ella le contestó con una mirada fría y muda. Por esa insolencia, la madama pensó varias veces en echarla a patadas, pero intuyó que el comisario podría volver sólo por ella.
Y así fue. Una noche volvió solo y más borracho que nunca. Esta vez no hizo falta que la madama saliera a recibirlo porque abrió la puerta de una patada preguntando a los gritos por Carmen.
La mujer quedó perpleja, no le contestaba porque sus pensamientos iban más rápido que las palabras. Temía lo peor si le negaba a Carmen pero tampoco iba a permitir que una de sus chicas fuese lastimada.
No hizo falta ningún movimiento más, Carmen apareció de la nada con un arma en la mano apuntando directamente a la cabeza del comisario.

- Acá estoy, dispuesta a escucharte, Yoryi. – dijo desafiante.
- Bajá el arma, mujer. Te volviste loca? –balbucéo el comisario.
- Si, hijo de puta. Me volví loca desde que mataste a mi hijo. –sentenció con la mirada fija.

Jorge Peralta hubiese querido estar sobrio para tratar de entender lo que la mujer le quiso decir. Matar a su hijo? Cuándo? Dónde?
Cármen le aclaró los pensamientos en un par de minutos cuando –sin dejar de apuntarle a la cabeza- comenzó a contarle que sabía que él había matado al chico en un operativo, y que había resuelto liquidarlo para encubrir a uno de sus camaradas.
Es lo único que sabía, es lo único que había escuchado hace un año cuando en su pueblo se comentaba que a su hijo lo habían asesinado por estar relacionado en los negocios de la droga.
Desde ese día se juró llegar a la verdad aunque eso le llevase la vida.
Y ahí se quedó Carmen de pie, esperando escuchar de boca del comisario la historia completa.
¿Ustedes quieren saber si lo mató? La verdad es que no sé. Es una historia que vuela de boca en boca en este pueblo de mala muerte, generación tras generación. Ah... ya sé. Al principio yo le dije que fui testigo de lo que pasó aquella noche de abril en el burdel más antiguo del pueblo. Lógico, me lo contaron tan bién que hasta quise asegurarme un lugar en la historia a través de la imaginación.



Agosto 2005


sábado, noviembre 26, 2005

Poema para Belén

Gervasio y Cleopatra

Llora la rana Cleopatra sin consuelo
junto a la vaquita de San Antonio,
que al pasar al ras del suelo
se encontró con tal demonio.

Parece que el sapo Gervasio
encontró nuevo amor
es que ya sentía cansancio
por su antiguo amor.

Pero la rana indignada
gritó a los cuatro vientos
que si su sapo la abandonaba
se encerraba en un convento.

El viejo y sabio grillo
intentó hacer de mediador
pero Cleopatra enfurecida
lo acusó de adulador.


Hartos todos del conventillo
pidieron pronta resolución:
Gervasio al banquillo
y Cleopatra absuelta por compasión.


Junio 2005

La leyenda del limonero



OH! Gauchito Gil
Te pido humildemente
Se cumpla por intermedio
Ante Dios, el milagro que te pido:
Y te prometo que cumpliré
Mi promesa y ante Dios
Te haré ver,
Y te brindaré mi fiel agradecimiento
Y demostración de Fe
En Dios y en vos Gauchito Gil
Amén



Finitos rayos de sol avanzaban sobre el fondo de la casa de Mario que, apoyado en el marco de la puerta con el mate en la mano, disfrutaba de la tranquilidad que regala las primeras horas de la mañana. Su mirada paseaba por el jardín hasta que se detuvo en un pichón que había aterrizado en la fuente de agua. Erguido, pero temblando de miedo, giraba su cabecita para un lado y para otro atento a algún movimiento que lo ponga en peligro. Ya seguro de su soledad, acercó el pico a la fuente para beber el agua de a sorbitos y para darse un breve chapuzón. Levantó la cabeza, volvió a mirar de reojo hacia ambos lados, y pegó un salto hacia la medianera. Por curiosidad, Mario no lo perdió de vista y vio que piaba amarrado a una de las ramas del árbol que se asomaban desde el jardín de su vecino. Cayó en la cuenta que era hora de darle otra mano de pintura a la paredes que hace dos años había pintado de blanco con la pintura que le había sobrado, y que ya se estaban poniendo verdes de tanta humedad. Ese pensamiento lo llevó una vez más a levantar la vista, observar al pichón, observar la rama, al árbol, la pared que lindaba con el jardín de su vecino… el pichón, la rama, el árbol, la pared…
-¡Mierda! –dijo confundido.
Apoyó sin interés el mate sobre la mesa, y rápidamente se fue a buscar los lentes. No podía creer lo que estaba viendo. Se quedó parado a un costado del jardín, tomó una distancia prudencial para poder verificar lo que sospechó desde un primer momento: la pared del fondo de su casa estaba inclinada y en poco tiempo se desplomaría hacia adelante.
-¡Pirucha! – gritó.
Su mujer tardó unos segundos en salir al jardín con las manos empapadas. Con el apuro había dejado el repasador en la cocina, decidió secarse con el delantal que llevaba puesto.
-¿Qué pasa, viejo?
-¿Qué pasa?, que la pared del fondo se nos viene abajo!
-No me digas, che!
-Te digo que es el limonero de Don Eusebio que creció apoyado en nuestra pared, y vas a ver que finalmente la va a vencer.
Se miraron en silencio. Minutos después, entraron a la casa abrazados, despacio y amargados.
En el barrio todos sabían que Don Eusebio andaba en el negocio de los espíritus, y que ese limonero era su fuente de trabajo. Parece que un buen día se le apareció la imagen del gauchito Gil justo al pie del árbol, y que a partir de ese momento sintió una profunda devoción por este santo profano. Improvisó una capilla alrededor, colocó dos cañas tipo tacuara con lienzos rojos -porque el gauchito Gil se consideraba un federal-, y comenzó el ritual de encender los veinte días de cada mes un velón rojo para que se le cumplieran sus deseos. Si se le cumplía la petición, colocaba en la capilla improvisada una flor roja como agradecimiento. Así fue como dio a conocer -a quien quisiera escuchar- su experiencia espiritual, y así fue como también aprovechó la situación para lucrar con el santo y el limonero.
Una de las mayores virtudes (y defectos) que tenía Mario era una asombrosa curiosidad por el origen de las cosas. Cuando se enteró de la profesión de su vecino, decidió ahondar en el tema para saber cuál era el camino más sabio que debería tomar. Si bien había escuchado nombrar al gauchito Gil –no se consideraba tan ignorante-, nunca se detuvo a conocer el origen de su historia. Por ese motivo, se encerró una tarde en la biblioteca y comenzó a buscar datos sobre la leyenda:
(…) Cuenta la leyenda que el Gauchito Gil nació en la provincia de Corrientes, aproximadamente en el año 1847. Su nombre verdadero sería Antonio Mamerto Gil Nuñez ó Antonio Gil…
-Correntino el cabrón – pensó.
(...) Se conoce su historia a partir de su juventud, cuando se enamoró de una joven viuda que era pretendida por el comisario del pueblo. El policía, despechado porque la viuda lo rechazaba, comenzó a perseguir a Antonio Gil aprovechándose del poder de su autoridad, hasta que finalmente se enfrentaron en la pulpería.
-Y gallito también, mirá vos! –dijo pegando una palmada en la mesa.
(…) En la pelea el Gauchito Gil le perdonó la vida. Sin embargo, este episodio en lugar de beneficiarlo fue aprovechado por el policía para perseguirlo por atentar contra la autoridad y Antonio Gil debió huir del pueblo.
Salteó un par de párrafos, ya aburrido de esta aparente historia de amor.
(…)En esos años, en la provincia de Corrientes, había un enfrentamiento político entre los colorados y los celestes… (…) dícese que el gauchito pertenecía a los colorados, por eso se ven las banderas rojas en su santuario. Mario se sacó los lentes, se llevó una de las patillas a la boca y recordó que en una oportunidad había visto en su jardín una cintita roja enganchada en el rosal.
Trató de imaginarse la cara del gauchito y el santuario que su vecino había hecho al pie del limonero. Sus pensamientos se aceleraban y sentía una enorme curiosidad por saber cómo terminaba la historia. Se puso los lentes y recorrió con la vista el siguiente párrafo:
(…) En el año 1850 se enfrentaron celestes y colorados y el coronel Juan de la Cruz Salazar citó a todos los hombres posibles -entre ellos al gauchito Gil- para librar la batalla. Pero no se presentó a la convocatoria de Salazar, y de esta manera el gauchito fue considerado un desertor. (…) Comenzó una vida errante huyendo permanentemente de la autoridad, y viviendo del ganado robado que compartían con los campesinos más necesitados. Casi un año después, una partida militar lo encontró dormido bajo la sombra de unos espinillos y lo llevó detenido a Goya. Los soldados lo tiraron al suelo, le ataron los pies con una soga larga y lo colgaron de un algarrobo cabeza abajo. Dirigiéndose al que lo iba a matar, el Gauchito pronunció sus últimas palabras: – Cuando vuelvas a tu casa, encontrarás a tu hijo muy enfermo. Pero si mi sangre llega a Dios, juro que volveré en favores para mi pueblo. Acto seguido, obedeciendo la voz de mando, el soldado le cortó el cuello. Varios días después, cuando todos ya habían olvidado al Gauchito, el soldado que lo había matado volvió a su casa, y se encontró con su esposa desesperada porque su único hijo estaba muy enfermo. En ese instante recordó las palabras de Gil. Entonces volvió al lugar donde lo habían matado, enterró el cuerpo y le rogó al Gauchito por su hijo. Cuando volvió a su casa al amanecer encontró a su niño sano. Mario dio vuelta la hoja y el texto concluía diciendo que una vez que el santo concedía lo pedido había que agradecer con la siguiente oración: "Oh santito de las pampas injustamente humilladolevántate de tu tumba lejanacomparece ante mípara que pueda pedirte (pedir lo que se desea)yo te prometo a cambioser generoso y solidariocon quienes más lo necesiten". Amén.
-Amén – dijo Mario en voz alta.
Mario quedó tan ensimismado en sus pensamientos que cuando entró Pirucha a darle un mate, se llevó tal susto que saltó de la silla como si hubiera visto un fantasma.
-Qué te pasa, viejo? Estás pálido! Pasó algo? Te sentís…
-Pará che, con tantas preguntas! ¿No ves que estoy leyendo? En esta casa no se puede estar tranquilo!
-Bueno… encima que me preocupo por tu salud… ma’si… que te haga mate magoya!!!
Pirucha se dio media vuelta y salió de la habitación maldiciendo por lo bajo. Mario se dio cuenta que la trató mal sin sentido y salió tras ella para pedirle disculpas a su manera:
-Che, Pirucha, no te calentés! Estoy nervioso, no te das cuenta? Este viejo del fondo con ese limonero y ese santo de mierda me van a tirar la pared en cualquier momento!
-Y entonces qué hacías leyendo esos libros del año del ñaupa?
- Encontré la leyenda de ese Gauchito Gil que anda haciendo negocios con Don Eusebio. Son todas pavadas…querés que te la lea?
-No viejo, dejame de hinchar que tengo que hacer la comida!
Ya acostados en la cama, Pirucha dio cuerda al reloj para que suene a las seis de la mañana. Se acercó a Mario, le dio un beso en la mejilla y le dijo: -Chau viejo, hasta mañana. Mario ni se dio cuenta del saludo de su mujer. Luego de haber leído la leyenda, había quedado sumergido en sus propios pensamientos. Estaba analizando qué camino debería tomar para no perjudicar a Don Eusebio (considerando que el árbol era su fuente de trabajo), pero tampoco quería esperar a que la pared se caiga y le provoque algún daño. -Todo por culpa de este gaucho gil de gomas! – se burló. Como no podía dormir, se bajó lentamente de la cama para no despertar a su mujer, buscó las chinelas en medio de la oscuridad y salió de la habitación tanteando las paredes. Una vez cerrada la puerta de la habitación, suspiró aliviado, prendió la luz de la cocina y buscó los fósforos para poner la pava al fuego. Mientras esperaba que el agua se caliente, se apoyó en el marco de la puerta que daba al jardín con los brazos cruzados, y se quedó mirando fijo la medianera. El jardín estaba iluminado por los rayos de luz de una luna llena, y de esta manera a Mario lo ayudaba porque había dejado los lentes en la habitación. Aunque le pareció curioso que el limonero se asomase a la pared más brillante que nunca.
Hasta el día de hoy Pirucha no sabe qué pasó con su marido. Cuando sus vecinos se acercan a tomar mate con ella para hacerle compañía, vuelve a relatar con la mirada perdida que aquella mañana se despertó, vio que su marido no estaba en la cama y pensó que se estaba bañando. Se bajó de la cama y caminó hacia el baño mientras se ponía el salto de cama. Como vio que Mario no estaba ahí pensó que ya estaba desayunando en la cocina. Abrió la puerta de la habitación y recordó haber sentido toda la casa helada porque la puerta del fondo estaba abierta. Se acercó hasta al jardín para cerrarla y ahí lo vio a Mario tirado, helado, con los ojos muy abiertos en dirección al limonero de Don Eusebio.
Agosto 2005

Dios salve a Galatea

"Cuando se ponen los cinco sentidos en
la realización de una obra, ¿Quién no
se enamora de su propia creación?"
George Bernard Shaw.
Los pasos del padre Domingo Gumiel coincidieron con el repiqueteo de campanas que anunciaban media hora para entrar a medianoche. Sin importarle que la tormeta le estuviera pisando los talones, atravesó hipnotizado los jardines de la parroquia de la Santa Hermandad. El viento no lo dejaba avanzar hacia el interior del edificio, parecía que estaba por desgarrarle la sotana. Un resplandor vivísimo e instantáneo lo cegó, el trueno se hizo escuchar y comenzaron a caer gotas en forma de flechas, clavándose una y otra vez sobre la tierra reseca. Ya en el interior, extensos corredores tuvo que peregrinar para llegar a su habitación. Al entrar, apoyó la espalda en la puerta y dejó caer el cuerpo hasta sentir que la hoja se cerraba y que el frío recorría su cuerpo. Cerró los ojos, respiró profundo para aquietar su corazón y dejó volar libremente sus pensamientos. En la escultura se veía una mujer recostada con el cuerpo arqueado hacia adelante. La cabeza descansaba sobre el brazo derecho mientras que el izquierdo se ocupaba de tapar los senos; la pierna derecha estaba levemente flexionada para tapar el sexo. Parecía que con la mirada lo estaba invitando a acercarse para refregarle su belleza en la cara, aunque el padre sabía que no “debía” caer en la tentación. Su mente lo reprimía al pensar que no era más que una de las tantas obras que había creado, pero su alma -que vagaba entre la noche infinita- sabía que ese molde lo enfrentaba con el amor prohibido. Sabía que como artista había experimentado un estado de ánimo especial con su última escultura. Sentía que había caído en un sueño profundo donde la imaginación y los sentimientos actuaban fuera de toda lógica. Se olvidaba de sí mismo, soltaba los impulsos que en la vida real tenía encadenados a la lógica, al deber, a las normas morales. De esta manera su Dios perdía peso y existencia, lo divino pasaba a ser su propia creación. Todavía encerrado en su cuarto, pero ya repuesto y de pie, se paró frente al espejo y comenzó a desabrocharse lentamente la sotana hasta quedar con el torso desnudo. Se arrodilló sujetando el rosario con la mano izquierda y, mientras murmuraba la primera oración, la derecha sujetó el látigo que fue descargándose una y otra vez sobre la espalda. Entre rezos, sangre y súplicas, terminó llorando en silencio acurrucado al lado de la cama pidiéndole a su Dios que lo salve del tormento, hasta que se quedó dormido cuando comenzó a despertar el amanecer. Y soñó. Soñó que se acercaba un ángel con la más dulce de las sonrisas, y le tendía la mano para que la ayudase a bajar del pedestal. Lo venía a buscar para salvarlo del infierno, para rodearlo entre sus brazos y acariciarle una por una las heridas del cuerpo y alma. El padre Gumiel la reconoció inmediatamente, y con inmensa ternura le preguntó cómo quería llamarse, a lo que ella le contestó: “Llámame Galatea. Soy aquella pieza de marfil que suplicó vida para vivirla contigo”.
*Cuento basado en el mito de Pigmalión y Galatea.
Agosto 2005