
La leyenda del limonero
OH! Gauchito Gil
Te pido humildemente
Se cumpla por intermedio
Ante Dios, el milagro que te pido:
Y te prometo que cumpliré
Mi promesa y ante Dios
Te haré ver,
Y te brindaré mi fiel agradecimiento
Y demostración de Fe
En Dios y en vos Gauchito Gil
Amén
Finitos rayos de sol avanzaban sobre el fondo de la casa de Mario que, apoyado en el marco de la puerta con el mate en la mano, disfrutaba de la tranquilidad que regala las primeras horas de la mañana. Su mirada paseaba por el jardín hasta que se detuvo en un pichón que había aterrizado en la fuente de agua. Erguido, pero temblando de miedo, giraba su cabecita para un lado y para otro atento a algún movimiento que lo ponga en peligro. Ya seguro de su soledad, acercó el pico a la fuente para beber el agua de a sorbitos y para darse un breve chapuzón. Levantó la cabeza, volvió a mirar de reojo hacia ambos lados, y pegó un salto hacia la medianera. Por curiosidad, Mario no lo perdió de vista y vio que piaba amarrado a una de las ramas del árbol que se asomaban desde el jardín de su vecino. Cayó en la cuenta que era hora de darle otra mano de pintura a la paredes que hace dos años había pintado de blanco con la pintura que le había sobrado, y que ya se estaban poniendo verdes de tanta humedad. Ese pensamiento lo llevó una vez más a levantar la vista, observar al pichón, observar la rama, al árbol, la pared que lindaba con el jardín de su vecino… el pichón, la rama, el árbol, la pared…
-¡Mierda! –dijo confundido.
Apoyó sin interés el mate sobre la mesa, y rápidamente se fue a buscar los lentes. No podía creer lo que estaba viendo. Se quedó parado a un costado del jardín, tomó una distancia prudencial para poder verificar lo que sospechó desde un primer momento: la pared del fondo de su casa estaba inclinada y en poco tiempo se desplomaría hacia adelante.
-¡Pirucha! – gritó.
Su mujer tardó unos segundos en salir al jardín con las manos empapadas. Con el apuro había dejado el repasador en la cocina, decidió secarse con el delantal que llevaba puesto.
-¿Qué pasa, viejo?
-¿Qué pasa?, que la pared del fondo se nos viene abajo!
-No me digas, che!
-Te digo que es el limonero de Don Eusebio que creció apoyado en nuestra pared, y vas a ver que finalmente la va a vencer.
Se miraron en silencio. Minutos después, entraron a la casa abrazados, despacio y amargados.
En el barrio todos sabían que Don Eusebio andaba en el negocio de los espíritus, y que ese limonero era su fuente de trabajo. Parece que un buen día se le apareció la imagen del gauchito Gil justo al pie del árbol, y que a partir de ese momento sintió una profunda devoción por este santo profano. Improvisó una capilla alrededor, colocó dos cañas tipo tacuara con lienzos rojos -porque el gauchito Gil se consideraba un federal-, y comenzó el ritual de encender los veinte días de cada mes un velón rojo para que se le cumplieran sus deseos. Si se le cumplía la petición, colocaba en la capilla improvisada una flor roja como agradecimiento. Así fue como dio a conocer -a quien quisiera escuchar- su experiencia espiritual, y así fue como también aprovechó la situación para lucrar con el santo y el limonero.
Una de las mayores virtudes (y defectos) que tenía Mario era una asombrosa curiosidad por el origen de las cosas. Cuando se enteró de la profesión de su vecino, decidió ahondar en el tema para saber cuál era el camino más sabio que debería tomar. Si bien había escuchado nombrar al gauchito Gil –no se consideraba tan ignorante-, nunca se detuvo a conocer el origen de su historia. Por ese motivo, se encerró una tarde en la biblioteca y comenzó a buscar datos sobre la leyenda:
(…) Cuenta la leyenda que el Gauchito Gil nació en la provincia de Corrientes, aproximadamente en el año 1847. Su nombre verdadero sería Antonio Mamerto Gil Nuñez ó Antonio Gil…
-Correntino el cabrón – pensó.
(...) Se conoce su historia a partir de su juventud, cuando se enamoró de una joven viuda que era pretendida por el comisario del pueblo. El policía, despechado porque la viuda lo rechazaba, comenzó a perseguir a Antonio Gil aprovechándose del poder de su autoridad, hasta que finalmente se enfrentaron en la pulpería.
-Y gallito también, mirá vos! –dijo pegando una palmada en la mesa.
(…) En la pelea el Gauchito Gil le perdonó la vida. Sin embargo, este episodio en lugar de beneficiarlo fue aprovechado por el policía para perseguirlo por atentar contra la autoridad y Antonio Gil debió huir del pueblo.
Salteó un par de párrafos, ya aburrido de esta aparente historia de amor.
(…)En esos años, en la provincia de Corrientes, había un enfrentamiento político entre los colorados y los celestes… (…) dícese que el gauchito pertenecía a los colorados, por eso se ven las banderas rojas en su santuario. Mario se sacó los lentes, se llevó una de las patillas a la boca y recordó que en una oportunidad había visto en su jardín una cintita roja enganchada en el rosal.
Trató de imaginarse la cara del gauchito y el santuario que su vecino había hecho al pie del limonero. Sus pensamientos se aceleraban y sentía una enorme curiosidad por saber cómo terminaba la historia. Se puso los lentes y recorrió con la vista el siguiente párrafo:
(…) En el año 1850 se enfrentaron celestes y colorados y el coronel Juan de la Cruz Salazar citó a todos los hombres posibles -entre ellos al gauchito Gil- para librar la batalla. Pero no se presentó a la convocatoria de Salazar, y de esta manera el gauchito fue considerado un desertor. (…) Comenzó una vida errante huyendo permanentemente de la autoridad, y viviendo del ganado robado que compartían con los campesinos más necesitados. Casi un año después, una partida militar lo encontró dormido bajo la sombra de unos espinillos y lo llevó detenido a Goya. Los soldados lo tiraron al suelo, le ataron los pies con una soga larga y lo colgaron de un algarrobo cabeza abajo. Dirigiéndose al que lo iba a matar, el Gauchito pronunció sus últimas palabras: – Cuando vuelvas a tu casa, encontrarás a tu hijo muy enfermo. Pero si mi sangre llega a Dios, juro que volveré en favores para mi pueblo. Acto seguido, obedeciendo la voz de mando, el soldado le cortó el cuello. Varios días después, cuando todos ya habían olvidado al Gauchito, el soldado que lo había matado volvió a su casa, y se encontró con su esposa desesperada porque su único hijo estaba muy enfermo. En ese instante recordó las palabras de Gil. Entonces volvió al lugar donde lo habían matado, enterró el cuerpo y le rogó al Gauchito por su hijo. Cuando volvió a su casa al amanecer encontró a su niño sano. Mario dio vuelta la hoja y el texto concluía diciendo que una vez que el santo concedía lo pedido había que agradecer con la siguiente oración: "Oh santito de las pampas injustamente humilladolevántate de tu tumba lejanacomparece ante mípara que pueda pedirte (pedir lo que se desea)yo te prometo a cambioser generoso y solidariocon quienes más lo necesiten". Amén.
-Amén – dijo Mario en voz alta.
Mario quedó tan ensimismado en sus pensamientos que cuando entró Pirucha a darle un mate, se llevó tal susto que saltó de la silla como si hubiera visto un fantasma.
-Qué te pasa, viejo? Estás pálido! Pasó algo? Te sentís…
-Pará che, con tantas preguntas! ¿No ves que estoy leyendo? En esta casa no se puede estar tranquilo!
-Bueno… encima que me preocupo por tu salud… ma’si… que te haga mate magoya!!!
Pirucha se dio media vuelta y salió de la habitación maldiciendo por lo bajo. Mario se dio cuenta que la trató mal sin sentido y salió tras ella para pedirle disculpas a su manera:
-Che, Pirucha, no te calentés! Estoy nervioso, no te das cuenta? Este viejo del fondo con ese limonero y ese santo de mierda me van a tirar la pared en cualquier momento!
-Y entonces qué hacías leyendo esos libros del año del ñaupa?
- Encontré la leyenda de ese Gauchito Gil que anda haciendo negocios con Don Eusebio. Son todas pavadas…querés que te la lea?
-No viejo, dejame de hinchar que tengo que hacer la comida!
Ya acostados en la cama, Pirucha dio cuerda al reloj para que suene a las seis de la mañana. Se acercó a Mario, le dio un beso en la mejilla y le dijo: -Chau viejo, hasta mañana. Mario ni se dio cuenta del saludo de su mujer. Luego de haber leído la leyenda, había quedado sumergido en sus propios pensamientos. Estaba analizando qué camino debería tomar para no perjudicar a Don Eusebio (considerando que el árbol era su fuente de trabajo), pero tampoco quería esperar a que la pared se caiga y le provoque algún daño. -Todo por culpa de este gaucho gil de gomas! – se burló. Como no podía dormir, se bajó lentamente de la cama para no despertar a su mujer, buscó las chinelas en medio de la oscuridad y salió de la habitación tanteando las paredes. Una vez cerrada la puerta de la habitación, suspiró aliviado, prendió la luz de la cocina y buscó los fósforos para poner la pava al fuego. Mientras esperaba que el agua se caliente, se apoyó en el marco de la puerta que daba al jardín con los brazos cruzados, y se quedó mirando fijo la medianera. El jardín estaba iluminado por los rayos de luz de una luna llena, y de esta manera a Mario lo ayudaba porque había dejado los lentes en la habitación. Aunque le pareció curioso que el limonero se asomase a la pared más brillante que nunca.
Hasta el día de hoy Pirucha no sabe qué pasó con su marido. Cuando sus vecinos se acercan a tomar mate con ella para hacerle compañía, vuelve a relatar con la mirada perdida que aquella mañana se despertó, vio que su marido no estaba en la cama y pensó que se estaba bañando. Se bajó de la cama y caminó hacia el baño mientras se ponía el salto de cama. Como vio que Mario no estaba ahí pensó que ya estaba desayunando en la cocina. Abrió la puerta de la habitación y recordó haber sentido toda la casa helada porque la puerta del fondo estaba abierta. Se acercó hasta al jardín para cerrarla y ahí lo vio a Mario tirado, helado, con los ojos muy abiertos en dirección al limonero de Don Eusebio.
Agosto 2005